Domesticar, según la RAE, es reducir, acostumbrar a la vista y compañía del hombre al animal fiero y salvaje. Salvaje, es no domesticado…

Hoy por hoy, cuando se menciona “lo salvaje”, tiene una connotación de autentico, antiguo, original…

Este fin de semana he estado en una parroquia en la que aparecía, como la mala hierba, salvaje por cierto, el comentario por el cual, al Evangelio se le ha domesticado haciéndolo religión. Transformándolo en algo a lo que acostumbramos la vista, nos acompaña, haciéndolo tolerable a un modo de vida que no necesita de él: es sólo una parte del decorado. Evangelio, como agente mutante de la existencia, se ha convertido en algo prescindible: sólo se apela a él cuando se quiere dar cierto grado de trascendencia a determinados actos de nuestra vida.

Pero el Evangelio, lo es en estado salvaje: sus propuestas, nada tienen que ver con asegurarnos la salud con una empresa privada que nos atiende con una sonrisa que da grima; es buena noticia en la vida y en la muerte: en las fiestas y en el luto, en lo comprensible y en lo inexplicable. Es una buena excusa para salirse del carril de los que le han asignado colores para identificar el devenir de los tiempos litúrgicos. ¡Qué relajante nos resulta que todo sea previsible!  ¡Ay, liturgia! Que parece que si no existiera, lo trascendente que envuelven no tiene valor. Y la trascendencia tiene valor revestida y desnuda: a pelo.

Salvaje en la brutalidad de quienes domestican su revolución, indómita, para asfixiarla en el humo de las velas, sahumerios de incienso…

Salvaje como un niño al nacer: no sabe dónde nace: pero busca el corazón de la dadora de vida, para sentirse a salvo.

Salvaje salvación.