
“Perfecto y libre de toda culpa. En el mundo cristiano, dicho de una persona: Declarada santa por la Iglesia, que manda que se le dé culto universalmente.”
Esta mañana me he levantado y me he propuesto ser santo. Perfecto y libre de culpa, para que se me dé culto universalmente y sea luz en la oscuridad para todos los que viven ahogados en la impureza y el pecado. No me preocupa demasiado por qué sea santo. Sólo es porque el santo soy yo y no tú, pobre individuo que te revuelves en la tela de araña que tu humanidad teje dentro y fuera de ti.
Pues eso. Como hace tiempo se cantaba, me parece mucho más interesante ir a la fuente de la santidad como tal, Jesús de Nazaret, y tomarlo como ejemplo. De ese modo, nuestras vidas se tornan en algo magnético, sugerente… Somos reflejo de la perfecta alegría que cantó el de Asís.
En todo tiempo ha habido gente que se han dejado inundar de la belleza del Amor de Dios. No sé por qué tenemos que elevar a los altares a los que han hecho lo que les hacía felices. ¿Hay acaso mayor honor que ser cacharro de barro con el tesoro de la Buena Noticia dentro?
No hagamos santos a quienes así obraron. Ya lo son.
En muchas ocasiones, son la mejor excusa para decir que no somos como ellos y que, siendo así, no llegaremos a tan excelsa perfección. Al amparo de nuestra mediocridad, nos abandonaremos en la misericordia de Dios nuestro Señor. Y pediremos a los santos del calendario que medien para que no caigamos en tentación…
Tú ocúpate de mis cosas que ya me ocupo yo de las tuyas. Es un buen negocio. Seguro.