
El tiempo de Adviento siempre es un buen momento para hacerse preguntas. ¿Por qué un Dios omnipotente renuncia a su poder? En ese estado, podía crear lo que quisiera para sentirse satisfecho, pues tenía pleno conocimiento: pasado, presente y futuro se mostraban sin distracciones, claros como la luz de la mañana.
Y, sin embargo, lo abandonó todo. Pues sólo quien tiene puede renunciar a lo que tiene. Y, creo yo, lo interesante es que sabía que era inevitable que volviera a su ser en algún momento. Pero tenía que hacer algo, pues la inevitabilidad no comprendía de soledades, no sabía del vacío.
Vacío infinito que no podía ser lleno por nada que no fuera un amor infinito. Ahí nació la idea de la Creación. “Un universo recién nacido, con capacidad de evolución”. Pero con la impronta de su creador en cada partícula subatómica: todo poder, todo sabiduría.
Además de todos los seres creados, estaban los que fueron hechos a su imagen y semejanza. Aquellos que tendrían el libre albedrío para hacer con sus vidas lo que quisieran. ¡Ay, la Libertad! Hubiera sido tan fácil crearlos sin ella, con la sola ilusión de que la tenían… Pero, toda imagen del Creador ha de ser libre, como él mismo; debe llegar a la sabiduría por su propio camino, que estaba escrito en lo profundo del corazón, para que no les pillara muy lejos.
Y así lo decidió. Como el de Asís, se quitó la ropa, y se atomizó en millones de partes, todas imagen exacta del creador, todas distintas como él mismo.
No podía ser todo sin que todos quisieran ser uno.