La liturgia es un tema recurrente en mis reflexiones. Gracias a la RAE, sé que es el orden y forma con que se llevan a cabo las ceremonias de culto. Pero, ya sea por la toma de posesión del presente papa, ya sea en el culto ordinario, siempre me hago la misma pregunta: ¿qué tiene esto que ver con el Evangelio? ¿Qué tiene esto que ver con la vida, la dignidad, la alegría de los celebrantes y de la grey?

En el caso de que la liturgia se aplicara, que sí, a la ceremonia por la que tomaba posesión León XIV, sería algo así como un acto de culto… ¿al papa? Hay cosas que creo que no están bien porque se alejaron, hace ya demasiado tiempo, del fin último para el que fueron diseñados… Me resulta escandaloso el que se le llame al anillo papal, el anillo del pescador. Estrictamente, Jesús no se dedicó a la pesca: por lo tanto, supondré que tiene que ver con aquello de ser “pescador de hombres” o que, al ser el sucesor de Pedro, asume su oficio. La cuestión es que me siento apabullado con todo el montaje. Aquello que tendría que ser comprensible para cualquiera, católico o no, se ha transformado en una suerte de ritos en los que el latín es utilizado con profusión. Yo aprobé Latín en septiembre. Y tengo dudas razonables de que sea un idioma conocido más allá de los muros vaticanos como para ser comprendido fluidamente. Cantos corales, maravillosos cantos ejecutados magistralmente por niños u hombres, no podría ser de otro modo: y en latín. Y así conseguimos que los cantos, que son la manera más poderosa de hacer llegar mensajes, se queden detrás del necesario diccionario de la mencionada lengua muerta. Por favor: no me argumenten que el latín es uno de los idiomas oficiales del estado vaticano…

Fábricas de recuerdos y tiendas de suvenires; cererías, sastres, zapateros, carpinteros, orfebres y demás utilería: todos dan gracias a Dios por la liturgia. No: tampoco me olvidaré de la restauración, que se emociona con la llegada de las celebraciones marianas y la expedición de sacramentos varios. La verdad es que esto último, me parece un camino de encuentro con el Dios del Amor tan válido como cualquier otro.

Pero, cada vez más convencido que el hábito no hace al monje, la liturgia no sacraliza absolutamente nada. Es hablar para los que ya saben de qué va el negocio: un modo de expresión que me permito poner en cuestión por su incapacidad para hacer cercano aquello que está en nuestro corazón. Ante la grandeza que me hace padecer el síndrome de Stendhal, traigo a mi memoria la imagen de un maestro, en la orilla, ante unas brasas con un pez esperando a sus amigos.