A cuenta de la celebración de una fiesta religiosa estos días de junio, se ha repetido hasta la saciedad una palabra: Solemne. Y, cuando la leo o la escucho siempre siento lo mismo. Es una mezcla de lento, aburrido e incomprensible. Gestos y coreografías que pretenden poner de manifiesto el valor de lo que está ocurriendo a quienes lo estamos viendo.

Cuando ocurren estas cosas, siempre me acuerdo de las escenas en las que un grupo de estrellas de cine caminan, hombro con hombro, en cámara lenta hacia el futuro incierto que los congrega. Y eso también es solemne: le da un rollo que mola. No así lo anteriormente descrito en las celebraciones religiosas.

Acompañado de cánticos dinamizados por los órganos de las iglesias, nada sospechosos de ser motivo de alegría, la sensación de espesura se acrecienta; y con ella, la de solemnidad, cada vez más lento, más incienso…

Y, quizá para este tipo de celebraciones, haya público que se entusiasme y se vea arrobado a los cielos por el mistérico humo del Botafumeiro; pero, como me ocurre en bastantes ocasiones, siento que son actos que tienen muy poco que ver con la vida de casa…

Lo diré de otro modo. Si quiero decir que algo es importante, digo que es importante. Mi madre no me da un beso solemne cuando me besa: me da un beso. El mejor y más deseado; el beso que me llena de alegría y es de una importancia crucial.

“Después de un solemne baño, la solemne cena tuvo lugar; el infante, durmió solemnemente hasta la hora de levantarse: de forma solemne.”

Con la prudencia que hay que tener en estos temas, me parece pertinente llamar la atención sobre este tipo de actos. Jesús nació en un establo: la vida de Jesús no fue solemne. El sacramento de nuestra fe se comunicó en una cena sin protocolo, la muerte de Jesús fue terrible y nadie lo vio resucitar: todo sin solemnidades.

Todo tan cercano, tan comprensible.