
La afición por las metáforas la comprendo perfectamente. Dices una cosa con otra. Bastante poético, sugerente… Y, sobre todo, abierto a todo tipo de interpretaciones. De ese modo, se va poblando el significante, de significados que, ni siquiera el creador de la metáfora, habría supuesto.
Es por eso que me llama la atención que, en el relato de la Creación en el Génesis, el ser humano fuera creado a partir de la tierra. Yo, desde mi punto de vista, habría utilizado, no sé, algo más etéreo, menos vulgar: con más posibilidades. Pero es que la tierra es tan… térrea.
Y, osado de mí, pensé en la luz: ¡Qué imagen tan bonita para plasmar en un proceso creativo y creador como es el relato genésico! Sería como un bote de vidrio conteniendo un rayo de luz… Pero es que la luz depende de algo, alguien que la genere. Si, por poner un ejemplo, la fuente fuera el sol, al acostarse, se acabó el ser creado. Y me podrías decir: “pues la luna”. Pero es que la luna no da mucha luz. Y, cuando da más, es en la luna llena, que dura más bien poquito…
Enga: vamos a seguir. A partir del agua entonces; si no se mueve, se pudre; si está al sol, se evapora… pues sí que estamos buenos.
Ya que nos hemos puesto con los cuatro elementos, del aire ni hablamos: por las connotaciones.
El fuego. Ardiente, tú. Que lo dejamos para otros menesteres.
Y nos quedamos, al final, con la tierra. La que, a mi parecer, percibí como la menos sugerente. Con el aire se seca, se endurece; con el fuego, se cuece, se hace vasija. Con el agua, se hace moldeable.
La tierra muerta. Eso fue lo que pensé. Y resulta que no: no está muerta. Está ahí: dispuesta, modesta, silenciosa.
Torpe de mí.