Últimamente me encuentro con muchas canciones que ponderan lo grande, poderoso, brillante que es nuestro Dios. Y me hace gracia porque me parece que están hablando de un detergente. Reformular lo evidente, digo reformular, es sencillo: tomas algo que ya se sabe y le das una pátina propia, para que parezca que es un producto desconocido.

Y, lo confieso, echo de menos que me cuenten algo que huela a experiencia, que me suene a pregunta, invite a mi curiosidad: o que resuene en mí como si yo mismo fuera quien lo hubiera vivido.

Pero no en plan de grupo de autoayuda, “yo tengo un problema”, sino reconociendo en primera persona que el artífice de lo creado ha hecho un milagro. Yo soy un milagro. Pero el que verdaderamente ha de ser ensalzado es aquel que ha hecho verbo el sustantivo que soy yo: para poner de manifiesto que no estoy solo.

Quizá me he vuelto un poco melindroso, pero me apetece saber qué está obrando el que hizo todas las cosas a través de canciones que me obliguen a escucharla cientos de veces porque valga la pena escucharlas.

Y recuerdo el pasaje en el que dice “Todo lo hago nuevo”. Y, como me comentaron el otro día, ahora, cuando publicitan un disco recién editado, hablan de él como nuevo. Ni siquiera mencionan si es bueno. Quizá lo sea, quizá no… Pero creo que, cuando en el Apocalipsis se habla de que todo lo bueno que hace, sabe a nuevo, a agua viva, a luz de los pueblos, está hablando de VIDA como torrente en crecida, como fecunda  tormenta, como creador. Como él mismo.