
Las palabras, digan lo que digan algunos, no son inocuas. La utilización, perversa o bienintencionada, de las palabras inclinan la balanza de la opinión, ya sea pública o privada, en beneficio de lo tendencioso que quieras que sea el asunto.
Y es que hace ya tiempo que, cuando ocurre algo, se dice “el enfrentamiento de dos clanes” … No dice más nada, pero ahí queda eso, para que recoja el guante quien quiera darse por aludido. Cuando se da un evento social, se habla de familias, con lo que la cosa queda circunscrita al hecho en sí y a que pertenecen a otro grupo de personas.
Y es que la Tribalidad, la pertenencia a una tribu siempre es motivo o de infamia o de alcurnia, dependiendo de la palabra que, contextualizada o no, se utilice en la ocasión.
Sea como fuere, me parecía pertinente la reflexión; y es que, sean clanes, familias, tribus o agrupaciones carnavaleras, hay un plus endogámico y de pureza que no ha de ser desdeñado. La pureza, ese valor intangible del que la Naturaleza huye, cubre la superficie de los grupos como si del olor del Amoníaco se tratara.
Sé que lo he mencionado en más ocasiones, pero no pierdo la oportunidad de traerlo a la palestra. La Pureza es algo que obsesiona, pero que trae pocas cosas buenas. Si hablo de drogas, malo; si de razas, malo; si de linajes, malo: el Rancio abolengo, más malo por lo de rancio y por lo de la pureza que destila.
Pues eso: las palabras que se usan pueden ser para destruir o para ser motores de encuentro.
Tú eliges.