
Los únicos mensajes que escucho últimamente, todo lo que ladran los medios, son intereses creados: perros que babean sus fútiles mensajes. No hay lugar para la belleza, para la verdad: esa ballena blanca que surca el horizonte al que parece que no se quiere mirar porque es más fácil ser mediocre que brillar por la honestidad vital, tan necesaria.
Por ello, hoy, quiero hablar de cosas bonitas. He visto en una cárcel un preso queriendo aprender a tocar la guitarra; a jóvenes en un macrofestival, incapaces de mantenerse en pie, bailar al ritmo de rap católico; cantar canciones a coro en la entrada de un edificio eclesiástico mientras se cargaban sus móviles y bebían agua fresquita.
Soy espectador y actor de una vuelta a la vida de un proyecto que me devuelve la ilusión: la esperanza de ir de la mano con quien me quiere, con quienes quiero.
Como vengo hablando últimamente, si todo lo que mata la ilusión en el ser humano vive porque hay muchos que prefieren vivir a la sombra que ser luz, yo grito desde estas letras: ¡Alzad la voz, vivid con una atronadora convicción e intensidad vuestra vida!
Que las buenas noticias pueblen los diarios y las risas de ilusión llenen el vacío que nos rodea.