La guerra que vendrá no es la primera, cantaba Aguaviva hace no demasiado tiempo…

Y es curioso, pero el litigio lo tenemos muy interiorizado; luchamos contra nuestras adicciones, nuestras debilidades, nuestras faltas de voluntad… O, simplemente, no luchamos contra ellas. En ese estado de cosas, la tendencia más común es culpar de lo que me ocurre a cualquier hijo de vecino. De ese modo, externalizamos la culpa, creamos un hombre de paja, un judas al que quemar en la pira. Pero el humo nunca se lleva la eterna insatisfacción que, residente, nos roe las entrañas.

En una infección, nuestro cuerpo lucha denodadamente por controlarla. Cuerpo a cuerpo, jajaja, nuestro sistema inmune se bate en duelo contra aquellos que quieren colonizar mi cuerpo y, probablemente, me causen la muerte. La lucha está muy interiorizada y, no por ello, es algo que deba ser negado.

Lo que sí niego es que se considere a nadie mi enemigo letal. Son aquellos que la sociedad ha asumido como malos. Identificados así, es más relajante caminar nuestra paz. Sólo tenemos que asociarlos a una imagen fea, un idioma distinto, un color de piel diferente. Todo aquello que no nos hace responsables, cualidad inequívocamente adulta pues todo aquel que la detenta, es consciente de sus acciones: y de sus consecuencias.

La guerra que vendrá no es la primera. Cierto. Pero la que hay que luchar, está por llegar: es aquella que me enfrenta a mí: Soy el vencedor y el vencido. Vencido porque una parte de mí es derrotada  por mí mismo y vencedor porque, aun habiéndolo hecho, aprendo. Mi victoria sobre mí, me hace más humano, me dota de la misericordia de quienes saborearon la derrota y aprenden que la guerra es contra mí.

https://youtu.be/5Vi1wdp9ehA?si=ZY1fcPTt7N2-OSYD