De tantas veces que he pensado, deseado, hambreado el amor, creía que lo sabía: pero, al preguntarme qué era, de pronto, me he dado cuenta de que no sabía: no sabía decirlo; tampoco pintarlo, cantarlo… lo que ocurría era una sucesión de topicazos que nada tenían que ver con lo que, de una manera primitiva, sabía que era, podría ser…

Es experiencia.

Como el sol en verano. Es insoportable su presencia pues lo abarca, lo inunda todo. Intenso, como el frío que sientes en la sierra: amorata cada falange de los dedos, quema la piel de la cara, no puedes pararlo.

El Amor nace de la parte de ti que tiene el hueco hecho. Y necesita, como el rompecabezas, la pieza que falta, aquella que otorga la coherencia. Es el punto negro en la pizarra blanca: la blanca, en la pizarra negra: no se puede esconder. Pequeño, concentra toda tu atención. Por eso necesita el encuentro, la unión…

Y, como los campos magnéticos, se barrunta: su presencia es incuestionable como lo es su propia ausencia. No hay amores de segunda clase: no los hay de saldo. No se puede comprar.

Cuando ocurre, cuando se hace presente y se presenta: lo hace frente a ti. Y dentro de ti. Incendia los hielos antárticos con su energía, nos llena de alegría, nos mueve a la convivencia: nos cambia, nos muta, nos hace nuevo. Y nos hace completos: inevitablemente, nos obliga a gritar porque es incontenible. Y, sorprendentemente, nos hace creadores.

Intensa. Que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita el encuentro y unión con otro. Nos lleva a quien naturalmente nos atrae: así, nos completa, alegra… Nos da energía para convivir, comunicarnos; y crear.

Y si no, mi amor es falso.

Y si no, mi Dios es falso.