HumanismoPues eso. Que el otro día llamé por teléfono a un hermano y lo habitual. Que cómo estás, qué tal la familia y el trabajo, si has visto a tus padres, a los míos, qué tal están…

Y, como en las películas, de pronto, su voz empezó a sonar con un leve eco de fondo.

No estaba hablando con mi hermano de hoy. Estaba hablando con el que lleva viviendo conmigo desde que tengo memoria. Ese que recuerda cuándo entré por primera vez en brazos de mi madre o a quien vi entrar por la puerta cuando aún me parecía una puerta muy grande.

Y comprendí que no hay existencia sin pasado, por muy cercano que esté su inicio. Que mi principio fue después del fin de aquellos que trajeron al mundo a mis abuelos. Que no hay terremoto sin tierra ni viento sin aire.

Sentí que era yo mismo viendo desde otra azotea la existencia de todos. Que su vida fluía pegada a la mía, tan distinta, tan amable; tan dura y dolorosa como la del resto de los hombres. Pero era su vida la que me hablaba por teléfono.

Tonterías, nimiedades que sólo a los hermanos nos importan;

Por eso, hoy, doy gracias por ellos así, en mayestático también. Damos gracias la vida de mis hermanos que vive en mi y mi conciencia de que soy parte de su vida. Doy gracias en singular, para no parecer pomposo. Y gracias por hacerme comprender que esto que siento es lo que vive en cada familia. Que es lo que me encadena a la esencia vital de la alegría que trae la familia de Dios mismo, que me llama cuando mi hermano, mi hermana, descuelga el teléfono y quiere saber de mi.