Es una de las frases más tristes que he escuchado en una película. Iba una prostituta por la calle, se le queda mirando a un señor, y le pregunta: ¿No nos hemos acostado alguna vez?
Pues a partir de tan ilustrativa frase, comienzo mi alocución sobre mis políticos, los que merezco. Ya no aspiramos a lo mejor. Ni siquiera a lo bueno. Nos conformamos con lo menos malo. Y en la pasarela en la que se ha convertido nuestro país, en el que el parecido con un prostíbulo es cada vez mayor, saca de paseo a las vergüenzas con absoluta falta de pudor.
En este momento de la historia, donde el partido corrompido hasta la médula es el más votado, el siguiente es tan corrupto como el primero pero con otro color y en nombre de otros beneficiarios, se permiten el lujo de cobrar por no hacer nada mientras muchos trabajan en precario por un sueldo de miseria.
Putas oliendo a perfume caro. Me perdonen, pero es la sensación que me queda después de ver las noticias. Pues, en algún momento de la historia reciente, unos y otros, se han hecho arrumacos y carantoñas como preliminares de la indecencia.
Obscenos, impunes; insultando al mínima integridad, nos encaminamos a las terceras elecciones para cambiar la tarifa de los servicios pues, el que paga, manda. Y, lamentablemente, el gobierno del pueblo, la Democracia, está en manos de las madames de turno.