
Por fin. Lo conseguimos. Nuestros portaaviones navegan océanos de sangre. La sangre de todos los vivientes marinos a los que exterminamos sin piedad en nombre de la progresía, un término tan antiguo como mentiroso; nuestros submarinos trazaban arterias en el mar teñido de todas las vidas que fueron: de las que nunca serán. Los cazas volaban cielos rojos, celebrando la victoria sobre un enemigo que, para nada, se parecía a nosotros. Son esos seres bípedos, implumes, hijos de madre y padre y madre humanos que no son como los vencedores: bípedos, implumes, hijos de padre y madre humanos…
Se impone el pensamiento único en el que parece que el futuro no existe si no conlleva el exterminio entre iguales. Aquel que está asociado a líderes que morirán como todos: pero que creen que la suerte de la Humanidad está asociada a la suya… Y, a quienes creen que todo esto no va con ellos, que piensen de qué modo, su modo de vida sólo considera la dignidad para sí y no para todos.
A todos los que abogan por los reinos de Taifas: a quienes prefieren, o preferimos si lo preferís, vivir nuestra vida, sin más mentiras y en paz, digo que hay poco recorrido en esta senda que elegimos.
Como dice una frase que siempre resuena en mi cabeza “Contemplad el deicidio: pensad”.
El rojo sangre que tiñe la tierra, aquella que mana del corazón de los hijos de Dios, descendencia divina, nos sigue preguntando si tomar los mismos senderos nos llevará a algún lugar distinto que no sea la tristeza.