La enfermedad que te deja secuelas de un 15% menos de lo que eras antes de tenerla… Un sistema social que persigue cualquier intento de salirse de la línea trazada so pena de cárcel… Privar de libertad por pedir pan, tierra y libertad. ¡Qué anacrónico! Ahora que la tierra es de oligopolios, el pan no ha visto el trigo en su vida y la libertad se consigue en cómodos plazos mensuales a modo de coche, casa, ropa, calzado…

Injusto es que la vida te vaya pasando y no te des cuenta de ello, de ella… Lo es en tanto en cuanto tu percepción de tu persona sigue siendo la de quien necesita pertenecer al grupo, buscar el gesto benévolo de la autoridad, mendigar un abrazo. Instalarse en el “A partir de mañana…” que nunca es después de la noche que duermes. Saber que sólo se aprende a tocar el piano cuando te pones frente a él. Y te enfrentas a él.

¿Vivir? Eso tiene que ser increíble, porque sospecho que todos lo deseamos; pero es un bien escaso, pues no parece que mucha gente quiera pagar los precios que conlleva tan preciado don.

Y, para acallar el ruido de fondo que me recuerda mi falta de compromiso, echo café con leche al azúcar; lleno mi boca de cosas, a modo de comida; bebo sin sed para que parezca que me hidrato. Hago circuitos con la bicicleta, como el hámster corre dentro de una rueda, mobiliario de una jaula, sobre una repisa de un piso, en un bloque…

Tan injusto. Tan adolescentemente injusto es toda la existencia. Y tan difícil abandonar el personaje…

Y la injusticia, incipientemente, comienza a abandonarme cuando escribo: Miro mi cuerpo y doy gracias; toco mis cicatrices, siento su eléctrica presencia… Recuerdo sus pretéritas heridas. Muero a mis prejuicios, hoy muero a mis prejuicios, tan fundamentados… Ato los cordones de mis zapatos. Y, hoy, comienzo a caminar.