
Hoy ha sido la enésima cuarta vez que me ha ocurrido. Mi memoria es de pez y, las rotondas, son viajes larguísimos…
Trabajar con alguien parte de la presunción de igualdad. Esto es: somos iguales tanto para el trabajo como para las decisiones. Eso implica tripas y hacer un camino juntos, a partes iguales…
Luego, ente con y para, hay otra posibilidad: que haya alguien que no tenga ni idea de la labor que se está desarrollando y, desde su magnífica ignorancia, opine como si estuviera doctorado en tales cuestiones. Emite sonidos como si de palabras se trataran argumentando memeces dignas de un finado marsupial; pero son solo guturales vibraciones. Cuando se les pone frente al espejo y se les cierra la puerta a opinar dado su elevado nivel de ineptitud, se enfadan y dioses y cojones y similares amanecen en la guturalidad pretérita…
Y funciona. Alguien que se pone alterado, la vena del cuello se le pone como una maroma del Juan Sebastián Elcano, puede violentar la situación hasta el punto en que, la educación de los otros cede, para no seguir escuchando barbaridades de un bárbaro analfabeto. Hasta que dejas de ceder y te plantas delante y le preguntas: ¿tienes idea de lo que estás hablando? Lo confrontas y te das cuenta de que se cae toda la barbaridad y es sólo un cobarde parapetado tras gritos y malos modos, pues son eficaces para amedrentar.
Y luego está trabajar para: Tú tienes un jefe que finge que te tiene en consideración; te mira como si le interesara tu opinión y, acto seguido, la ignora y se hace lo que él dice.
Y hasta aquí la disertación. Yo creo que es mejor trabajar codo con codo. (ahora, con el coronavirus, mucho más) Me da la sensación de que es como más misericordioso, más real: posiblemente, traiga más problemas… Pero, ¿qué hay que valga la pena que no merezca una misa, un conflicto, una reconciliación, una cena?