¿Cuántos tequieros podemos decir? ¿Hay alguna cantidad límite, algún número clauso por el que tengamos que regirnos, al que no podamos llegar? ¿Existen números rojos para ellos? ¿Acaso, si dices muchos, se puedan agotar?

Todo se basa en la diferencia. La que nos hace complementarios y equilibra la ardua comprensión de cada carácter, cada individuo… Es francamente difícil conocer al otro. Es mucho más sencillo suponer, adivinar, interpretar gestos para saber qué hay dentro del corazón. Pero, a veces, muchas veces, no hay que traducirlo. Sólo hay que mirar y entender el lenguaje que nos dice que el otro está muriendo. No hace falta que enferme: Es un estado por el que languideces, penas y mueres.

Es verdad, es verdad. No necesitas a nadie para seguir viviendo y el corazón siga latiendo. Pero, una cosa es vivir y otra, estar vivo.

Sé que se puede vivir solo.

Pero es tan árida la soledad, tan fría. De día, el viento y el sol baten sobre los huesos secos, haciendo que brillen, intocables porque arden al tacto. De noche, helados bajo la luna. A veces dormido; a veces cadáver; quizá polvo en el viento cuando la soledad se adueña de tu alrededor y no hay más que tú mendigando un tequiero, una caricia, un abrazo donde descansar:

Allí donde cierras los ojos y no tienes miedo porque estás al abrigo. Donde duermes y vuelves a soñar.

Cuando se para el corazón y alguien te dice “vuelve” porque quiere que vuelvas, porque quiere que vivas. Y, lo más importante, porque con ello te dice “te quiero”.

Renace la vida. Y todo vuelve a tener sentido.