Me duele todo. Es una frase muy común en los que pasamos de los cuarenta. Y casi mejor decirla porque, como dicen por ahí, si tienes más de cuarenta y no te duele nada, es que estás muerto. Y con la firme intención de no decirla por muchos años, he decidido atajar el origen del dolor. Alguien podría decir que es la vida, pero no voy a atajármela.

Todo empezó hace algún tiempo, cuando era adolescente y asumía actitudes ajenas buscando la que mejor me quedaba. Me probé muchos trajes, pero no acababan de ajustarse al perfil. Cada uno de ellos dejó algo en mí. Y una de ellas fue la forma de tener la espalda. Yo veía películas en las que el muchachito de mi edad solía caminar cabizbajo y chepudo contando las losetas de la acera; también aquellas en las que observaba cómo los héroes, cuando iban a solucionar la trama, subían los hombros y los echaban hacia delante: Como si fueran a cargar el problema sobre ellos y pudieran alejarlo hasta el confín del universo. Así yo asumí que, para esfuerzos y enfrentamientos con la vida, había que adoptar esa posición. También estaba la de mirar castigadoramente para subyugar a la colega maciza pero, paleodemocrático, españolito y con gafas de hipermétrope, no funciona mucho.

No nos desviemos. Si adoptas esa postura durante mucho tiempo, la espalda, el cuello y los brazos terminan doliendo mogollón porque estamos exigiendo a los músculos sobreesfuerzos derivados de la mala posición. Para alegría de fisioterapeutas y farmacéuticos, por los masajes los primeros y por los relajantes musculares, los segundos, he buscado la solución fuera de mí: Que alguien me arregle, que una pastilla me cure…

Pero la cura era yo mismo. Tenía que recomenzar de nuevo. Miré en los recuerdos de la adolescencia y decidí recuperar la postura natural ante la vida. No había que formar una concha alrededor de mi corazón, la que se configuraba a través de la curvatura de mi espalda, mis hombros y mi cabeza, mirada fija en el suelo: Tenía que mirar de frente, hombros hacia atrás y hacia abajo y pecho descubierto.

El árbol viejo es casi imposible ponerlo derecho. Pero el hombre viejo sí puede cambiar de actitud: Puede cambiar de vida y recomenzar. Recuperar una actitud sana ante la vida, duele. Y mucho.

Pero no cejaré en el empeño de recuperarme. Volver a tener ilusión, saltar a la comba con mi niña o jugar a baloncesto con mi niño. No se consigue en un día, ni en una semana. Hay que ser conscientes en todo momento de la actitud que tienes. Ir corrigiendo a tiempo real. Hasta que como el latido, automático e imperceptible por su constancia, vivir mirando de frente sea la norma.