
Durante la pandemia tuve multitud de conversaciones. Ahora, se me antoja lejanísimo. Veo las mascarillas y me parecen un mal sueño. Como lo es ver arder nuestros bosques, desaparecer nuestros ríos y pantanos…
Lo de las conversaciones…
La situación me hizo escuchar cosas que no habría conocido de no haberse dado tan covidiana circunstancia: esta ubicua soledad. Cada uno en su casa, sin poder salir, dando vueltas como el oso en su jaula del zoo. Y hubo algunos que me contaron cosas que sólo se confiesan a extraños, pues no hay nada más sencillo que abrir tu corazón a alguien en quien ves lo que quieres ver.
Y mucha gente me llamó hermano, amigo, compañero… Pero solo era alguien que aparecía en una pantalla, a través de una aplicación online de audio. Hasta hubo quien me dijo que me quería.
A eso yo digo que no: no me quieres. Quieres aquello que ves de mí, una alícuota parte de mí que te sirve para lo que te sirva, sin juicios;
“Hay que comerse una arroba de sal con alguien para conocerlo.” Las emociones son malas consejeras. Los problemas, maravillosos distorsionadores de la realidad; el tiempo, el que todo lo cura.
Nunca una comunidad fue tan triste como la que formaba las soledades de la pandemia.
Reforzó las verdaderas relaciones y distorsionó las ficticias: aquellas que buscaban extintores para sus propios incendios a los que la soledad no dejaba de echar leña.