La capacidad que tenemos los seres humanos para ponernos vallas, construir muros, cortarnos las alas, cegar nuestros ojos y aturdir nuestros oídos es prodigiosa. En la necesidad, casi perentoria, de asegurarnos una singladura, tomamos un mapa y trazamos la línea. No está mal, pensamos satisfechos; no tengo todos los ases en la manga pero me arriesgaré: Sé por dónde quiero ir.

Dicho y hecho. No podré decir que no me advirtieron de la posibilidad de que las variables modificaran la dirección, si no el sentido de la travesía vital.

Los guiones que nos suenan mucho suelen acabar exactamente como sabemos. Guiado por la lógica del cajón de pino, la historia nos describe aquellos que terminan siempre en Roma.

Por ello, propongo dejar un porcentaje suficiente de maniobra a la duda y la improvisación. Más aún: estaré dispuesto a cuestionar mis certezas cuando no satisfagan a mi alma: cuando sean hipotecas que necrosan mi alegría, dinamitando el futuro, condenándome a la depresión.

Dicho todo esto, diré también que quiero vivir feliz con quienes transitan a mi lado. Pero tengo claro que sólo yo soy el dueño de mi destino, el capitán de mi alma (sic).

Quien me haga infeliz, aquellos que son bien conocidos por su contrastada infelicidad, tiña al punto, no podrá ser compañero de camino.

Por un instante, siento la tentación de dejarme llevar por la corriente, pensar que la vida es siempre dolor con algún analgésico esporádico…

Acostumbrado a negar mi ser, doblé mi espalda, cerré los ojos y pensé que otros eran más válidos que yo: que había gente mucho más capacitada que yo para vivir.

Eso se acabó.