“Vende todo lo que tiene y compra el campo”. Cuando leo pasajes como este, me quedo sobrecogido por la convicción que hace al protagonista de la película venderlo todo: apostarlo todo a una carta. Jugárselo a una sola tirada.

Pienso que, en su interior, sentiría que todos los aspectos de su vida estarían plenos; que es exactamente lo que había estado esperando toda su vida. Y, no sé; me asaltan dudas.

No las tengo porque las tema: me embargan porque me da la sensación de que se hace una traducción estática de una situación dinámica. El océano siempre es océano, haya marea baja o alta. Pero no puedo zarpar, plantear una singladura vital en marea baja, pues no puedo salir de puerto.

Me compro el campo. ¿Y ya? No. Desentierras el tesoro, roturas la tierra, podas los árboles, los estercolas… Todas esas cosas que son tan comunes y que tanto tienen que ver con la vida: la vida que tiene años solares y lunares; mutante como Selene en sus fases.

Todo esto sale dando vueltas a las comunidades de consagrados. Hacen una apuesta vital en la que queman sus naves y lo apuestan todo. Lo hacen porque creen que su identidad y la del grupo se hacen uno. Pero no deja de ser pieza aquella que forma el puzzle. No pierde su forma.

Y es una manera de sentirse a salvo: decir que comienzo un camino en el que dejo todo atrás y vinculo mi existencia a un proyecto común. Pero, son tantas las veces que el discernimiento permanente es necesario… Ves cómo tantos abandonan el proyecto porque advierten que no hay paridad entre la decisión y la realidad diaria.

Por ello, me parece importante, necesario, que la dinámica comunitaria se sepa en movimiento. Que la luna nueva es oscura, pero ahí está la roca que mueve las olas del océano en el plenilunio. ¡Tiene tanto sentido el cuerpo místico en estas circunstancias! Cada miembro vivo, sintiente: amante y errante, pero en camino. Y, sobre todo, felices. Hoy. Mañana, creo que también; ya elegiremos de nuevo.