Durante mucho tiempo, intenté formular qué era aquello que nos hacía adultos, cuáles eran las variables inequívocas que me indicarían sin ningún género de duda que era uno de ellos. No diré que fue tiempo baldío, pero si perdido. Y lo es porque el único parámetro válido, a mi juicio, para definir tal estado es “Adulto es el individuo que es consecuente con sus decisiones y asume sus consecuencias”. Y no hay mucho más.

Me encantaría poder decir que formo parte de esa élite. Pero, si lo soy, estoy en prácticas. Y podría decirme, oh lector, que vaya mierda de propuesta de trabajo; pero es que uno es tan adulto como lo es. Y, curiosamente, se es en evolución. Caso de que no sea así es un error pues, creer que lo eres plenamente, es hacer una foto al flujo del río: es sólo un instante. Lo interesante es reconocer el río, su naturaleza.

Ser adulto no garantiza el éxito de tus decisiones, pero sí la conciencia para reevaluar la situación: y evolucionar.

Todo este rollo para sentir con todo mi corazón por todas aquellas decisiones que, en vez de descargar, fueron pesadas cargas para otros; cuando debieron ser belleza, fue grosería: cuando fui padrastro cuando lo que se necesitaba era una paternidad consciente…

No puedo deshacer el camino de la misma manera que no puedo separar el agua dulce, cuando  desemboca, de la del mar. Mis errores, posibilidades son; lo que no puedo permitirme es creer que, todo aquello que dejé cuando elegí mi modo de vida, me está esperando aún.

Despierta chaval: madura.