¿Cómo se llama el lugar donde se entierran los ideales? ¿Cuál es el precio justo por la justicia? ¿Puede el poder corromper más allá de la verdad, más allá de la honestidad, más allá de la propia vida?

El patíbulo de la libertad es nuestro congreso de los diputados. Los defensores del progreso han mutado en perros atados con longanizas de poder y secretarías. El liderazgo es una excusa para exhibir nuestras vergüenzas mientras se falta a la verdad, a la profunda y raíz verdad de las palabras.

Retorcidas, con retoques estéticos que las hacen irreconocibles por su propia familia, las palabras mueren vacías en las bocas de quienes tenían que ser dignos servidores del pueblo.

Ya no sirven. Sólo babean con la idea de pasar a la historia como supuestos innovadores de la libertad. Robando la posibilidad de crecer con valores que les harán capaces de afrontar retos, los niños son educados al amor de quienes siguen sodomizando la educación en nombre del progreso.

El lugar donde los zombis de las ideas, de la Esperanza, del criterio, de la educación se revuelven apenas vivos, apenas muertos ni siquiera tiene tierra para cubrirlos: se les expone como los crucificados en los cruces de camino, para alegría de carroñeros de tierra y cuervos: al sol no pueden morir, pues su presencia aún suscita ilusión. Pero, hechos jirones sus cuerpos, producen risión en los sabios de redes, subsecretarias rabiosas y sobrados de la chulería de los perros que saben que tienen un buen amo que les da de comer basura en abundancia.