
Vivir mata. Inevitable. Pero entre esos dos momentos, concepción y muerte, transcurre un tiempo del que apenas percibo su sonido, su sentido, su color: su olor y paisajes que, por sutiles, se me escapan. Cuando pasan, cuando las experiencias me hacen recordarlos, les doy forma en la mente y lamento no haberme dado cuenta. Sería tan asombroso vivir dándome cuenta.
Darme cuenta de las heridas que tiene transitar esta corona de espinas que son las relaciones, los días: preocupaciones que actúan como un paraguas de la belleza insoportable de respirar sin permiso, de cantar a pulmón.
Y es gracioso. Porque puedo vivir lamentando, suponiendo soluciones, escribiendo mientras ocurre lo inevitable: el otro, tampoco sabe de mí como yo no sé su verdad última. Y, suponiendo, paso un tiempo precioso. Veredas de espuma que no volveré a ver.
Quiero vivir con las heridas que me hizo la rosa: pues rosa es, pero no es culpable de ello del mismo modo que tampoco yo soy culpable de vivir esta existencia, habitar este cuerpo, buscar la verdad que acalle este ruido que inunda mi mente, embota mi corazón, anestesia mi razón, alienta mi locura.
Y ahí están las gotas; en el suelo: circulares y estrelladas color rojo oscuro. No lamentaré su pérdida. Y, en mi interior, ruego que no vuelva a caer en la trampa de la memoria, la que, estéril, nunca perdona. Esa memoria que me hace revivir en bucle todo el pasado que, como ancla, me lastra.
Cada vez más cerca. Un poco más y el día habrá sido de provecho.