
Luís XIV fue quien acuñó la frase: “el Estado soy yo”. Dicha frase mostraba y encarnaba una personalidad narcisista cuya praxis acabaría devaluando las estructuras de poder. Amó, sintió y sufrió. Amó sin freno el lujo, la belleza, el poder. Y lo sintió todo: Y sufrió, según sus detractores, “el insaciable apetito de su ambición”.
Todas las ideas antes expuestas las extraje de un artículo de Jaime M. de los Santos. La verdad es que el rey era una auténtica joyita. Pero bueno: podría ser considerado fruto de su época. Pero, anacrónicamente, nos encontramos con un plebeyo que se comporta como un royal. Nuestro presidente en funciones está maniobrando para estar en el poder todo el tiempo que pueda a costa de todas las más elementales normas de convivencia.
Siempre tuve la sensación de que quiere ser el jefe del estado. Sería una reinona maravillosa porque cree que tiene los atributos del dios Apolo y la inteligencia de Atenea. Lo malo de estas deidades es la mediocre camarilla que le susurra al oído “sois gente destinada a mayores empeños y que el pueblo no merece tener un prócer como él.”
¡Qué mala suerte tenemos que siempre nos tocan los ineptos! Este rey solete conseguirá, al ritmo de venta de todas nuestras instituciones, hacer de nuestro país, república bananera.