
Últimamente me encuentro con situaciones que me bajan una mijita la moral. Y no hablaré de la situación política que, sin respetar la separación de poderes, el del gobierno y el de la Real Academia de la Lengua, se dedica a violar significados de palabras como Democracia, Libertad, Convivencia… No. No hablaré de eso.
La situación que perturba mi alma es la cotización a la baja de la Educación. Eso que hace que la civilización sea un valor y que favorece el ensanche del alma y amplía el conocimiento de los hombres, para compartir y acoger.
Todo nace a partir de la visita a un taller. Comentaba con un empleado lo que le pasaba al coche y me dice: “¿Te has dado cuenta que la gente ya no es educada?” Y me contaba el lance con un señor que entró y empezó a exigir que se le arreglara su vehículo a la voz de YA. Al ver que iba a ser que tendría que esperar le gritó: “Con mis cojones y mi dinero consigo lo que quiero”. A lo que el empleado le contestó: “El taller tiene dos puertas: sírvase salir por donde guste”.
Y esto es sólo una pequeña muestra de lo que la cultura del dinero, de la ausencia de valores, o su suspensión cautelar sine die, está generando. No extrapolaré a todos los actos, pero la más mínima falta debería ser penada: tirar un papel al suelo, dejar una caca de perro tatuando la calle, dejar al niño suelto dando golpes con una piedra a un columpio; el mismo niño tirando de los pelos a un igual mientras las madres se zambullen en el móvil…
Tratar al otro como quieres ser tratado. Todo lo que excede a esta premisa, es prostitución.