Tiempo. Cuando el ser humano comienza a considerar el paso del tiempo, la filosofía, la trascendencia comienzan a tomar protagonismo. Es un hecho lógico pues, mientras la mente infantil y adolescente no tienen conciencia de la finitud de la vida, la madurez y la ancianidad viven una dualidad interesante: posiblemente viva mañana, pero puede que no…

En este momento de la historia en la que la instantaneidad es la diosa a quien todos rezamos, pues la velocidad es el espíritu que nos sugiere vivir a su compás, sólo consideramos lo más evidente. Es el cucu-tras de los niños cuando la cabeza del progenitor aparece y desaparece de su campo de visión: pura magia. Por eso, cobran tanta importancia los profetas que el sistema considera oportunos para rebuznar sus propuestas, aseverar sus verdades, aseverar sus mentiras.

Aquellos que escriben la historia como un sendero de trabajo y esperanza, no son los protagonistas. Ahora sólo se hacen visibles los comentaristas de hechos pretéritos, los contertulios que creen haber visto el mar por haberse bañado en un pantano: son los que una vez habitaron la luz y creyeron que se parecía mucho a la que proyecta un foco led…

Es por estos hechos y por algunos más que, los tiempos modernos, se parecen mucho a antiguas civilizaciones, ya extintas, que ensalzaron a los mediocres, iluministas histriones que vieron el filón y se aseguraron que una secta, un sector de la verdad, fuera su campo de juegos.

En estos tiempos modernos, el individuo busca parecerse emocionalmente, cada vez más, a demasiados individuos convencidos de que, en la similitud, está la paz.

En estos tiempos, no interesa la verdad. Y eso, es preocupante.