Derramar lágrimas, manar de los ojos un líquido, sentir vivamente algo. La verdad es que es bastante objetiva la definición, tú; yo que creía que encontraría algo más trascendente… pero lo más interesante es el verbo del principio: derramar, lo que viene siendo verter o esparcir cosas líquidas o menudas. No sé: me gusta lo que sugiere.

Al caso. La cosa es que estoy en ese momento en el que me gustaría llorar como cuando era niño: ese tiempo en el que se te ponía boca de rape, babeabas y moqueabas a cascoporro y tus ojos parecían manantiales. Ese llanto que provocaba comentarios como “mucho llora, menos mea”, “es bueno para los ojos porque se limpian”. Todo muy práctico.

Pero es que ahora no tengo ni el trailer de aquellos lloros. Si fuera una novela, no llegaría a tuít. Pero, dentro de mí, siento que necesito llorar. Pero me da la sensación de que lo que quiero es mucho más.

Necesito llorar porque es lo más genuino que me brota: sin educación, sin pedir permiso; llorar a moco tendido y que las unidades que conforman mi queja líquida, caigan a tierra. Acidas, son la sangre de mi alma que grita, rompe su garganta en lluvia que quema mi dolor. Idiota de mí: creo que eso lo desgastará, lo dejará limpito, lo disolverá… Iluso. Al borrar las huellas del dolor, deja al descubierto, como en las quemaduras por abrasión, su auténtica razón: la excusa para tanto llanto, tanto diluvio…

Vaciarme. Poner orden. Priorizar. ¿Quizá vivir?

Cuando era chico, se me quedaba el hipo después de llorar. Creo que consumí toda la reserva entonces. Ahora sólo me queda descubrir la fórmula magistral que sosiegue esta presión en mi pecho, este ahogo en mi alma, esta tristeza insondable.