
El pensamiento único es fruto de la praxis. Si no hay disidencias, si algo nos convoca de una manera igualitaria, cerramos filas y respondemos como un solo hombre. Cuando hay un peligro real, contrastado, es la manera de salvaguardar el sistema, preservar la manada, defender la colmena…
Hoy por hoy tenemos muchos detonantes de pensamiento único. En nuestra querida España, “esta España mía, esta España nuestra”, tenemos muchos ejemplos. Sin temor a mojarme, los nacionalismos son llamadas a filas, como si ser un pueblo fuera nacer en un cacho de tierra, a defender la identidad, que es el conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás: así, hacemos de la diferencia la espoleta de la irracionalidad. Hay muchos más ejemplos.
Rusia atacando a Ucrania. La excusa perfecta para que un dictador mantenga amordazada a la madre Rusia cuando hay voces disidentes. Lo mismo en las elecciones de Venezuela: la parasociedad chavista aplastando a todo un pueblo con excusas y mucho ruido, que impide pensar. Netanyahu, en su bunker, mandando a morir a los hijos de Sion a defender su estatus. Las muertes de los palestinos y libaneses son efectos colaterales de la libertad del pueblo elegido. Ahora México exige que España pida perdón por lo ocurrido hace 500 años, tendencia revisionista de la historia, siempre interesada.
El individuo es inteligente. La masa, estúpida; la defensa de una colectividad hace demonizar a otras colmenas que, oh sorpresa, sienten y padecen como la primera. Pero, calificarla de amenaza, hace que los dientes se vuelvan colmillos, las uñas, garras y las intenciones, ponzoñosas amenazas.
Amar al prójimo como a ti mismo. No ya que lo amáramos: pero, qué bonito sería que respetáramos en la misma medida que queremos ser respetados.
Lo sé. Soy muy pesado. Pero creo que otro mundo es posible.