¡Vamos a darnos besitos y todo eso! Un revés estético que se llevara lo feo.

Cuando ves las noticias, quieres, necesitas que todo esté bien: que todo va a ir bien. Crees que un hecho como la muerte del Mesías traerá la dignidad y la belleza a este asqueroso mundo.

(no es que el mundo sea asqueroso: este hoy es fruto de nuestros denodados esfuerzos por secar los ríos, enmarronar el cielo, amputar la inocencia, entronizar la mentira)

Y no vendrá la simplicidad del rocío sobre los campos por darle de comer a los zombis de Gaza. No se quitan los signos de la tortura por inanición de un día para otro, de una semana para otra… No. Tampoco borraremos de nuestra Bios esta sensación de ser el pueblo elegido por ser blanquitos, rositas o algo así: Pues no. Esto último es interesante porque es algo mucho más profundo de lo que me atrevo a reconocer.

Entonces, ¿cómo habrá que hacer? Hacer, lo que se dice hacer, poco. Más bien es vivir de una manera para la que no me prepararon:  considerar al otro un igual, no estaba en mi libro cuando empecé esta singular singladura: la que me lleva al plural de cada uno de las singularidades que pueblan nuestra madre Tierra.

La poesía y los cantos nacieron con la luz primigenia de la Creación. Son el idioma que comunica miles de latidos en uno solo. Congelan las llamas para hacer muros que iluminan; describen la eternidad en un instante, pues reconocemos que aquella nos habita: una palabra, una; un canto, uno. Son la máxima evolución de la lengua, pues llenan los ojos de lágrimas, esponjan el corazón, derriba las consignas y borra las fronteras que trazan las líneas que hormigonan las circunvoluciones de los privilegiados cerebros que nos hipnotizan, violando las canciones, con mensajes de sirena, que no son otra cosa que notas de suicidio…

¡Ven, vamos ahora! ¡Canta ahora, recita ahora! ¡Saca la belleza divina que nos muestra el camino de la paz! Sácala pronto. Estamos a tiempo.