Bicheando, me encontré con un señor que volvía a cuestionar una dicotomía muy común; “creo en Dios, pero no creo en la iglesia”. Y, argumentando que si no crees en la iglesia porque tiene errores por ser seres humanos quienes la forman y que son falibles, apoya que no se crea en la institución. Pero, argumentando desde la diversidad de la comunidad formada por los apóstoles y demás familia, con sus traiciones y debilidades, disculpa la humana debilidad.

Creo que podría estar de acuerdo con el proceso argumental. Pero la ausencia de autocrítica, la distancia entre pastores y rebaño, el corporativismo exhibido a conciencia, deja mucho que desear. Y, cuando hay debilidad, lo que hay que hacer es afianzarse a la verdad radical del Evangelio: y no ampararse en la estadística falibilidad, sin que haya propuestas de calado que sean sal y luz en el tiempo que nos toca vivir.

Todo poder conlleva una gran responsabilidad. Todo poder enajena el juicio y, por el mal de altura que suele afectar a quienes lo ejercen, disculpa lo que conoce: pero no percibe.

Si quienes pueden hacer propuestas de calado se amparan en el tiempo para justificar su inacción, son cómplices de la parálisis en la que está sumida la que debería ser imagen y semejanza de su creador, por ser hijos suyos, por ser consagrados a tiempo completo, con los ojos fijos en las manos de su señor y las manos puestas en el arado, implicados en este siglo.

Si, por el contrario, disfrutan del cargo como si de un funcionariado se tratara, mal: muy mal vamos.