La paternidad es aquello que nos desdobla. Somos hijos y padres al mismo tiempo. Y es en ese preciso instante en el que te comunicas con todos los que antes que tú, contemplaron una nueva vida que, encadenada por la sangre y por los días, darían con quien estrenaba paternidad

Y te encuentras con alguien que no estaba y sí estaba al mismo tiempo. Que no se iba a ir. Que se quedó.

No lo hizo para cumplir con mis expectativas. No sería mejor que quienes lo trajimos al mundo. Vino a ser él, a ser ella; cometí los mismos errores que detesté durante años en mis padres; algunas cosas, las hice mucho mejor. En otras, aprobé raspado.

Y, como la historia es cíclica, pienso en todos los vientres que parieron para la desolación, para la guerra, para el hambre y la injusticia. Todos los hijos que desgarraron el corazón de las madres con la mirada vacía de un hijo muerto, piedad hecha de carne. Y creo que, romper la cadena, el hilo de Ariadna que nos ata a un destino fatal, a una tristeza anunciada, a una venganza inútil, empieza hoy;

Decidamos vivir en justicia: en verdad.

Hoy mi hijo cumple años. Mi hija, lo hizo hace bien poco… Son futuro para el mundo nuevo que está llegando por sus manos: y por las manos de todos los cumpleaños de todos los hijos, de toda la esperanza que ya está viniendo, que ya está aquí.