
Hoy, como tantas veces, una noticia asoma en los telediarios y pasa casi desapercibida. Un deslizamiento en una mina de oro del Congo mata a tropecientos trabajadores, entre los que se incluyen niños.
Una mina en el Congo, con condiciones de trabajo de semiesclavitud, mata a los obreros. A los niños ya les había matado la inocencia y la infancia. Pero, como dice el dicho, los pobres están acostumbrados a morir. Lo más interesante del asunto es que no aparece, para nada, la empresa que está explotando la mina. Haciendo espóiler, diré que es anglosuiza y los derechos de explotación directa son de una empresa del Congo. ¿A quién le interesa que la pobreza reine en África?
Sobre todo, porque ahora, subsaharianos, por decir alguno, se empeñan en ir a Europa creyendo que tendrán una mejor vida. El primer mundo exprime a los pobres y los deja en las fronteras… o muriendo en el mar.
¿Te imaginas que los africanos fueran dueños de sus recursos y pudieran vivir dignamente? ¿O los sudamericanos? No necesitarían venir a la vetusta Europa a limpiar los culos de los viejos o a mendigar lo que por derecho es suyo en su tierra patria.
La codicia, afán excesivo de riquezas, nubló el juicio de quienes condenan a muerte a los que tienen derecho a la dignidad.
“Cuando el último árbol haya muerto y el último río haya sido envenenado y el último pez haya sido pescado, comeréis dinero”.