
Las velas, la tarta, los regalos… Todas esas cosas imprescindibles para la celebración de un cumpleaños. Dependiendo del estadio de la vida en la que situemos ese evento, lo querremos borrar o lo ansiaremos celebrar: todo es cuestión de ilusión.
Lo malo es cuando celebramos los cumpleaños de gente que murió hace mucho tiempo: santos, mártires, fundadores y visionarios a los que montamos fastos de los que no pueden comerse los cruasanes ni los montaditos porque están bajo tierra, en un mausoleo o con su cuerpo troceado, repartido por todo el orbe.
Y lo lamento. Es curioso como el maquillaje, tanto en los seres humanos como en las instituciones, se empeñan en potenciar lo que haya, sea mucho o poco; celebraciones que añoran un tiempo en el que la vida gozaba de salud pues era joven, alocada, sin fronteras…
Y las funerarias, maravillosas empresas dedicadas al empaquetado de los restos, se diversifican en su actividad: siempre relacionadas con la tortícolis y la nostalgia, celebran hitos en las vidas de instituciones y personas que, en un momento, soñaron: ahora, muchas de ellas, padecen insomnio: no sueñan.
De la misma manera que hubo un tiempo en el que alguien pensó que arriesgarse a vivir lo que creía era muy buena idea, que confiar era mejor que conservar y que decidió no mirar hacia atrás pues, cada vez que lo hacía, veía todo lo que no podía volver a suceder, creo que la edad, el tiempo, no puede hipotecar la existencia.
Mayores y suficientemente cotizados, podemos disfrutar de una seguridad que nos asegura la manutención del hardware. Pero que incomoda al software del corazón: el que, de un modo residente, sigue haciendo preguntas como las que nos hacíamos hace tanto tiempo… Quizá la desmemoria sea el camino de salida para que la incoherencia no nos vuelva locos.
Y que, a falta de sueños, nos dediquemos a mirar fotos.