¿Cómo llegas a vivir del modo que lo haces? No es una pregunta retórica. Es la constatación de que, de algún modo, se decide vivir no viviendo. Es algo sutil, pero que condiciona todos los aspectos de tu vida.

Nazco y mi primer acto de libertad es hinchar los pulmones a tope y gritar “Aquí estoy yo”. Yo y sólo yo soy como yo. Es cierto: Me parezco a mi familia por un detallito desoxirribonucleico. Pero no es un problema. Tengo mi propio carácter, mis formas propias, mis golpes y caídas que nadie caerá por mí. Heridas que dejarán las cicatrices que nunca desaparecerán y que me hablarán durante toda mi vida de dolores pretéritos que me enseñaron lecciones. Soy capaz al cien por cien de hacer todo lo que puedo.

De un modo u otro se me va condicionando para que piense como los demás: Esto es así porque es más fácil manipular a una masa uniforme que a un variopinto pueblo lleno de matices. Pero alguien quiere que no sea ni siquiera blanco o negro. Tiene que ser gris. Y yo sigo luchando por mi y por desarrollar todo lo que soy y todo lo que me hace ilusión.

¡Cómo pesa el agua sobre uno cuando está buceando! ¡Cómo pitan los oídos! Así voy claudicando y me voy adaptando al molde. Cuando veo a alguien que no se ha adaptado o que no encaja, entonces me digo: Viviré a su sombra. No seré todo lo que puedo, pero podré diferenciarme y ser yo en lo posible.
Pero gracias a Dios, hay momentos en los que el molde se vuelve frágil y ves que lo puedes romper: El candado está cerrado pero con la llave puesta. La prisión es de barro y yo tengo un martillo. Son esos los momentos en los que añoro hinchar mis pulmones, gritar que soy yo. Que aún soy yo.

Hoy quiero girar la llave.

Hoy empuño el martillo.

Hoy, y para siempre, quiero ser yo. Todo yo. Para todos.

Por mi.