Me va sonando a excusa. Después de muchas noticias en las que algunos se sienten agraviados por los supuestos, o reales, ataques a símbolos religiosos, me huele regular.

Los símbolos son cosas que significan algo para algunos y nada para otros. El hecho simbólico por lo tanto es relativo. La importancia para mí estriba en la experiencia que me hace ver toda la materia trascendente que teje el símbolo.

Lo realmente preocupante, a mi modesto entender, es que queramos conservar los símbolos y no la responsabilidad vital que ello conlleva. La importancia capital no estriba en la defensa acérrima de una cruz, una media luna o un buda sobrealimentado: no. Increíblemente, lo que hace a cada uno de los creyentes defender sus símbolos como si de la madre se tratara es que hubo un hombre que dio sentido al símbolo. Su vida fue coherente, convincente. Y, por ello, cada uno de ellos se llenó de contenido, de gracia y de vida que animó, ilusionó y dio esperanza.

Por ello, a todos los indignados por si una cruz será o no derribada, una mezquita reconvertida en supermercado o Buda devenga en símbolo de comida vegana, les invito a que trasciendan.

No me interesan las cosas. Me interesan las personas: mujeres y hombres que viven su vida coherentemente con sus valores y conciencias. A las piedras se las derriba. A la coherencia, se la teme porque es un símbolo para muchos.

Hala pues.