
La literatura y la ficción han hecho de esta figura alguien que se ve como cuando miras a través de un tubo: y que se ve empañado. En ella, advertimos una sonrisa afable que mira con paz todo lo que le circunda.
Los abuelos, quizá, sean esas personas que parece que la sabiduría les rebosa por los análisis de sangre, por las aceras que deambulan con los andadores o en silla de ruedas; quizá los haya que recuerden cómo atarse los cordones o que se líen cuando cogen el pastillero…
La abuelez no es lo que nos han contado. Si alguien fue bueno, honesto, cabal…, en la vejez, es posible que lo sea mucho más. O no. Los filtros, las fronteras de la educación se desdibujan porque ya no existen muros de contención. Un ser que se distingue por su honestidad se puede volver grosero y malhablado…
No hay belleza en la vejez. La vejez como paradigma es inevitable pues, con suerte, llegaremos a ella sabiendo ponernos los calcetines.
Pero, si somos afortunados, habrá abuelos que serán raíz, fuente de alimento de las generaciones que se empeñan en dinamitar la memoria, recreando un hoy que parece brotar de la nada.
Son una prueba de que el tiempo es real: ese que arruga, enferma y arruina todo lo que fue un día fuerte, vigoroso…
A todos los que se dieron cuenta de que lo importante no era tener. A quienes dieron su existencia para que otros tuvieran dignidad, hipotecando la propia; a los adolescentes de 80 años que faltan al respeto a sus días, yo le doy las gracias. No nos veremos al final del camino que ya han transitado: quizá podamos ver las miguitas de pan que nos dejaron para que no perdamos el tiempo en zarandajas.