Hoy, al salir de la parroquia, llevaba la guitarra. Bajaba la escalera cuando percibí que una niña pequeña, sobre tres, cuatro años, se acercaba a mí rápidamente. Me llamó la atención, pero no le concedí importancia; luego un amigo, con otra guitarra se acercó y la niña hizo lo propio. Tras ella, su madre vino corriendo: dijo que le encantaba la música. Tocó las cuerdas y el cuerpo de la guitarra, pues mi amigo la sacó. Ella la llamó Ukelele porque tiene uno en casa. Estaba empeñada en tocar, en acercarse a los instrumentos. La madre nos dijo que era autista. Que apenas decía palabras, que no mantenía conversaciones: que, cuando quería decirle algo, usaba canciones que conocía. Fue entonces, cuando ya nos íbamos, que me miró y me dijo: “Adiós, abuelo”. Su madre me dijo que me parecía a su abuelo.

Hasta aquí el hecho.

La consecuencia de lo ocurrido es que ha vuelto a la consciencia un proyecto antiguo. Sería crear un alfabeto sonoro pues, de la misma manera que los autistas usan los pictogramas para comunicarse, sería un lenguaje comprensible para todos desde los parámetros musicales. Sí. Sé que es muy difícil el planteamiento, pero las conversaciones serían canciones. Y sé que funcionaría pues, a partir de una experiencia con autistas en un aula, comprobé cómo un niño que no soporta la música, tras un ratito con los compañeros, se me acercó y se metió entre la guitarra y mi pecho y se puso a tocar las cuerdas.

“La música es el lenguaje de Dios, pues todo el mundo lo entiende, aunque no lo hable”. Esta está siendo la frase de mi vida últimamente.

No sé cómo se puede articular. Si tienes alguna idea, vamos a ayudarnos. Hay todo un mundo autista que está esperando a comunicar todo lo que siente a los que, plenamente conscientes, nos aislamos en nuestra jaula virtual.

Sería una conversación armónica, distinta; una puerta a una dimensión con las puertas esperando ser abiertas.