
Ayer fui a un concierto de música sacra en una parroquia. Enmarcado en un ciclo que comenzó hace una semana, he escuchado piezas maravillosas que me hablaron, en diferentes templos, de la belleza de la música, de lo que convoca y que las construcciones que se levantaron para mayor gloria de Dios pueden acoger a poca o mucha gente: pero que son lugar de encuentro donde la música halla su casa.
El de ayer no fue el mejor, la verdad; los solistas desafinaron con desparpajo y sin complejos, habiendo momentos corales verdaderamente interesantes: quienes tenían que lucir se apagaron y, cuando formaron parte del todo coral, la cosa mejoraba bastante.
Tras de ellos, había tres cortinas de color rojo oscuro que, supongo, ocultarían motivos que habitualmente están a la vista; y, a los lados, estaban las banderas del Vaticano, a la izquierda del celebrante, y la de España, a la derecha.
Sé que es un tema espinoso. Pero me sigue pareciendo aberrante mezclar religión y banderas. Dios no sabe de fronteras. De la misma manera que el agua del río no distingue afluentes: todos son uno.
Por ello, y para no alargar el presente escrito más de lo necesario, vuelvo a defender que las identidades que usamos como estandarte ideológico para distinguirnos entre los diferentes grupos de iglesia es reeditar el período de los reinos Taifas. Cada uno a lo suyo y plenamente justificados por la distancia geográfica, social, económica… Si el origen es la Buena Noticia de Jesús de Nazaret, el principio de exclusión que rige el surgimiento de distintos movimientos no puede, en modo alguno, pretender buscar el Reino de Dios y su justicia. Puede que sea una manera de sustanciar un modo de vida: pero, si no cabe todo el mundo, no cabe nadie.
Blanco, negro; republicano o demócrata; inmigrante o nacional; protestante o católico o budista; fútbol o baloncesto; carne o pescado; si la búsqueda de la bondad para mi existencia supone que, quien aspire a lo mismo, ha de negar su identidad, adoptar mis costumbres y perseguir y denostar a quien no lo practique, qué quieres que te diga… Hay algo que no cuadra.