Cuando no está la familia, están los amigos. Son aquellas personas que comparten contigo gustos, aficiones, recuerdos, experiencias, gamberradas… Son los que crecieron contigo paralelamente con tu familia y con los que puedes contar y compartir cuando parece que no se puede con nadie más. El vínculo es gratuito. Se da porque si y se mantiene de una forma automática, porque vale la pena mantener los nexos que nos unen a una historia que da fe de lo que somos. Es otra manera de volver al lugar de donde venimos sin los sentimientos ni las obligaciones que tiene la familia.
Son aquellos con los que compartes modos de educación. Cada familia tiene unas reglas y se dan a conocer en la calle. Todos tenemos nuestros propios arneses. En tanto los amigos los tienen parecidos a los nuestros, hay conexión y complicidad. Si no, sólo son conocidos a los que saludaremos cortésmente.
Y, sobre todo, hay que distinguir entre amigos, conocidos y aprovechados. A los primeros los hemos formulado anteriormente. Los conocidos son los que te encuentras por las esquinas del curso, actividades extraescolares, lugares de trabajo y cualquiera circunstancia; los aprovechados son los que, dependiendo del viento que haya en ese momento, estarán cerca o lejos. Son hojas de otoño.
Todo esto lo escribo porque son raros los amigos. No puedes ser amigo de todos porque no se pueden sostener tantos vínculos afectivos: Todos formarían parte de ti y te desmembrarían. Eres amigo de unos pocos, de muy pocos que comparten, los de verdad y después de un contrastado lapso de tiempo, fundamentos que dan sentido a una vida o una cerveza cuando se tercia.
Por aquí no hay muchos. Tengo comunidad de intereses con algunos. Pero no hay amigos. Soy como un bonsái japonés en un balcón al lado de unos geranios. No hay conexión. No hay raíces. Somos plantas. Pero no hay nada más. Vemos pasar el tiempo desde el mismo lugar pero no vemos el mismo paisaje.