Son tiempos extraños. Inteligencia asintomática es la nueva definición de estupidez. Nueva realidad equivale a sumisión; los antiguos terroristas son demócratas asintomáticos y los bufones de palacio son ahora vicepresidentes.

Los ladrones de guante blanco pueden cumplir la mitad de sus condenas mientras los ladrones que no tienen ni guantes ni ná, las cumplen escrupulosamente, para escarnio de unos y risión de los primeros.

La frustración que siento al observar lo poco que han cambiado las crónicas de época, desde Quevedo observando los muros de su patria, pasando por los episodios Nacionales de Galdós, me hace pensar que estamos abonados al parricidio, fratricidio y todo lo que tenga que ver con la muerte de un igual, de un hermano…

Cuando la verdad es meretriz del poder, el dinero, cirujano plástico de la desigualdad; la sonrisa, un escupitajo a la cara de los que contemplan la complacencia de los mediocres, me invade la tristeza.

No. No seré maniqueo. Quienes nos gobiernan están ahí porque nosotros los hemos votado. Los que ejercen la oposición mueren por volver a ocupar la bancada gobernante para vetar investigaciones propias y aventar las ajenas. Nada nuevo bajo el sol.

Por eso, nuestro gobierno, justicia, economía… todos asintomáticos. Presos de una fiesta sin fin donde la empatía no está en el diccionario, la mentira se ha sentado en el trono de la justicia y la burla es el idioma vehicular, me recuerdo que la situación no puede amputarme la honestidad. Y que creo en el derecho a creer que somos iguales, con las mismas oportunidades y responsabilidades. Pero, sobre todo, con el derecho a ser feliz.