Cuando hay algo que celebrar, ya tenemos la excusa. Provistos de un hambre inadecuada, unas ganas locas de encontrarnos y conversar, aparecen viandas y bebercios para acompañarnos en tan magnos acontecimientos. Reconozco que no soy capaz de concebir una fiesta sin bebida. Y me preocupa…
Porque, ¿qué me aporta el alcohol? No está especialmente bueno, necesita estar frío en muchos casos y, según deduzco de los anuncios de bebidas, hay que estar buenísimo para beberlo: Machotes deslumbrantes junto a lúbricas vestales bebiendo y dando a entender una inexplicable felicidad sólo aportada por el néctar que degustan con fruición.
Y todos parecen llegar al fondo, pues se quedan mirando el envase con una sonrisa desprovista de inteligencia. Pero en el fondo sólo hay vidrio, del vaso o la botella, o, en su defecto, aluminio: El de la lata.
Por mucho que se quiera buscar algo (más allá de la pérdida de la dignidad y el equilibrio, del control de esfínteres, lengua pesada e incomprensible, y de ser la risión de los que están a tu alrededor) no hay nada tras la borrachera, el puntito o cualquier eufemismo que disfrace una indignidad flagrante.
Lo sé. No voy a ser muy popular entre las empresas dedicadas a la distribución de bacanales fiestas, ni de restaurantes que se frotan las manos con las celebraciones sacramentales; y es probable que, cuando alguien venga a casa, le ofrezca el fruto de la vid para acompañar al pan…