
A poco que escuches las plataformas digitales de música, puedes constatar la cantidad de voces que cantan multitud de mensajes. Muchos no valen una mierda. Alguno se salva, no seré talibán… En fin.
La cosa es que me fascinan las voces: su color, su roce, la vida que comunica, o no; es sorprendente cómo una voz es capaz de captar nuestra atención y tenernos con un son machacón en la cabeza por tiempo indeterminado sólo por la voz que lo comunica. Hay voces que no sirven para cantar que, con el adecuado marketing, merecen un Emi: cantos de sirena que no nos llevan a ningún puerto. Las hay también que no les hace falta nada: su sola presencia es un regalo, canten lo que canten…
Sea como sea, la voz es creadora, con leer el Génesis o cualquier película de magos, cuando hablan, cambia la realidad; es sugerente, pues cambia el estado de ánimo sin distinción; llega a ser un arma de destrucción masiva en la garganta de políticos y profetas sistemáticos, señores de la guerra, divisores de la unidad… Llegan a ser letales en las figuras paternas.
Y, para no ser negativo, creo que la voz sigue clamando en este desierto, cuarenta días de búsqueda, toda una vida; y que, si tu voz habla de la verdad de tu corazón, cambia: no es la que se espera; es como si la verdad ecualizara nuestras cuerdas y se acompasaran al tono de la vida.
Por eso es tan interesante cantar lo que vive, en verdad, dentro de nosotros. Dar fe de lo que se sabe, voz a la realidad cacareada, no deja de ser ruido. Mientras que, si la experiencia hace que alabes el nombre de Dios con cantos, proclamar su grandeza con acción de gracias, el hijo de Dios que te habita se hace buena noticia, se renueva la faz de la tierra.
Salmo 68
“Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias”.