
«Yo te recibo a ti como esposo y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida».
Muchas veces miro la tele, la miro porque a veces ni la veo, y pasan ante mí las estadísticas de violencia de género. Frente a un porcentaje despreciable de violencia contra los hombres, las mujeres van perdiendo por goleada. (no mencionaremos a los hijos).
Y es curioso cómo la mejor de las teorías se transmuta en la peor de las praxis con el tiempo. Y de la fórmula con la que he comenzado el presente texto empiezan a caerse la libertad desde la que se entregan una y otra parte para pasar a un contrato de esclavitud sine die; haciendo de la vida una calamidad, de la adversidad, una costumbre; la enfermedad, un chantaje y la falta de respeto, la moneda habitual.
Así, el feliz contrato, firmado desde la más absoluta e infantil de las confianzas, se torna cadena perpetua tras descender, lentamente, al infierno del desprecio disfrazado de cariño, de manipulación hasta hacerte creer que no tienes derecho a nada y que no eres nada sin él.
Yo te recibo a ti, para que seas choferesa, cocinera, limpiadora; para violarte el cuerpo y el alma y creas que tus males, todos, te los mereces: en la calle dama y puta en la cama, serte infiel en cualquier momento, humillándote en público y en privado; haré de tu vida una enfermedad, para que ambos vayamos juntos al infierno de la depresión. Te odiaré de todas las formas imaginables, robándote la dignidad y culpándote de la vileza de las situación.
Mi cara reflejará el profundo placer, la patológica satisfacción que siento al ver tu miedo, tu impotencia, tu sumisión…
Ni una más. Cero.