El que lo inventó estaba harto de escuchar al niño llorar. Ese momento glorioso, luminoso y silencioso en el que puso en la boca el chupo, el chupete en la mayoría de las regiones: paz. El niño empezó a succionar el invento hasta que se durmió.

Para que se duerma, para que se calle, para que no joda, para que no grite, para que nos deje hablar, para que… ¡Qué sinfín de aplicaciones dignas de poner en el olimpo de los inventos, en el cielo de las bondades!

Eso aplicado a bebés y niños de hasta… ¿hasta cuando se puede usar un chupete sin que sea un problema estético, deforme la dentición o la estructura emocional del crío? A esta pregunta, expertos de todo el mundo no son capaces de ponerse de acuerdo pues, como infante se es hasta los 11 años, adolescente hasta los 25, joven hasta los 51 y adulto… adulto es un poco más difuso: ya hablaremos de ello.

La cuestión es que la industria se dio cuenta del filón que es mantener en estado mamón al ser humano. Inventaría todo tipo de artilugios y productos para que el individuo jodiente y pagante, estuviera bien calladito comprando sus productos, todos ellos bajo el estándar ISO.

Así, tenemos chupetes de colores, de caucho, con asidero en forma de muñequito de moda. Azules para niños, rosas para niñas… Afinando, afinando el mercado se fue ampliando: Móviles con multitud de aplicaciones con las que entretener a los adolescentes (sic) no haré una lista para no dar publicidad gratuita y teneros callados y entretenidos; videoconsolas para que los chicos se enganchen: en modo usuario o en red, para tener a un cerro de chavales jugando al mismo juego sin poder hacer otra cosa… ordenadores para navegar en riguroso silencio y con los cascos puestos para no ser molestos.

Chupetes alcohólicos, con diversidad de grados y colores, formas y precios para abotargar la conciencia del consumidor y deslenguarlo de paso, poniendo de manifiesto la enorme capacidad del producto en librarlo de las molestas barreras de la educación. Chupetes X, con los que deformar la percepción de las relaciones, arrebatándoles la dimensión más profunda y restringiéndolas a la práctica lúdico-deportiva.

Chupetes ideológicos, con los que dividir a la sociedad. Chupetes religiosos, en toda su poliédrica diversidad, con los que amputar la unidad: no deja de ser curioso este último, pues un mismo dios es capaz de ser la mejor excusa para liarnos a banquetazos…

Pasen y vean. Escuchen al crío cuando tiene el chupo puesto. ¡Que no! No se puede hablar con la boca llena.