
Hoy toca ir al circo. Es un espectáculo que nunca me ha gustado: por lo incómodo de los asientos, porque son habilidades que son difíciles de poner en práctica en la vida normal y, sobre todo, porque establecen una distancia insalvable entre el experto ejecutante y el que observa, bobo e impávido, lo que toque en ese momento.
Como las obras de arte que me muestran mi torpeza: lienzos que comunican el negro de la luz, tallas magníficas a las que sólo les falta poder hablar, poemas que radiografían la tristeza y la alegría… A todos, gracias por mostrarme la belleza insondable que habita cada corazón: Corazón único, inimitable, incontenible.
Llega el evento del año, en Lisboa; y pasa como en el circo: el más difícil todavía. Tropecientos mil creyentes sudando bajo un sol de justicia. Multitud de actos que pretenden inflamar la llama de amor viva que reside en cada pagano que ha podido sufragarse la estancia y el viaje. Creo que es un buen momento para que el Espíritu haga su trabajo. Cambiar de lugar, de situación personal suele ser interesante para renovar (o estrenar) el ansia de ¿cambiar qué?
¿O sólo es un número de circo en el que se exhibe músculo de a cuántos podemos convocar? ¿Qué tiene que ver este magnífico espectáculo con la vida normal de las parroquias? Quizá podrían argumentarme que es un momento epifánico, casi como el de la zarza ardiendo en el monte Horeb. (lo de ardiendo es casi literal porque hay incendios por todos lados. Atentos que, a lo mejor, lo de la llama de amor viva no es una metáfora). Sea cual sea el razonamiento, es como las bodas: nada tienen que ver con la rutina del matrimonio: bendita rutina. Celebremos, sí: pero creo que habría que dar una vuelta al asunto, pues no parece que sean todos los que están ni estén todos los que son.
Propongo que este evento sea como, he dicho anteriormente, un día de bodas para, personalmente, decidir “Prometer ser fiel, amar, cuidar y respetar, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”. A cada uno. A las comunidades. A la iglesia. Al proyecto de la Buena Noticia de Jesús de Nazaret. ¡Ale Hop!