Cuando alguien está próximo a morir, siente un estrés, una cosa, que le hace trascender: mirar despectivamente actitudes juveniles y, cosas de la amiga de Caronte, te torna en sabio.

Luego, están los que admiran a los finados con efecto retroactivo; impresionados por la transmutación que experimentaron, reconocen la valía de lo que están recibiendo pues son los estertores de alguien que ya no estará. En breve, digo.

Son gente maravillosa, ángeles en la tierra deseando volver al celeste lugar del que parece que proceden pues, a pesar de su objetiva fealdad, degeneración producida por el mal que lo devolverá a la tierra, nos parece belleza; porque hay que mirar más allá.

Como decía mi abuelo Emilio, funerario de profesión, “No quiero que muera nadie, pero que el negocio no pare”. Desde esa perspectiva en la que sé que no me escaparé de la física incapacidad para la eternidad, que no la quiero tampoco, invito a todos los sanos, sanas, guapos, feos, inteligentes: a toda la fauna que tenga a bien leer estas letras, que no esperen a que muera nadie para darse cuenta de que es un regalo para todos. Para todos, todos. Que no hay margen de error.

Epifánicos documentales de muertos de reciente creación abundan en la red. Cantores de lo feo y lo bonito, envueltos en brillante transfiguración son testigos de lo fútil que es todo.

Por ello doy gracias por la lámpara que ilumina el escritorio. Por la babosa que quito de la escarola antes de hacer la ensalada; doy gracias a Dios por la música y por su ausencia, que me hace amarla más, si cabe. Gracias por todos los dolores que despiertan conmigo cada mañana; por todos los temores que aún me recuerdan que sólo debilitan mi corazón: son buen argumento para vivir a pulmón.

Por lo que tuve. Por lo que tengo. Por ti. Gracias por participar de mi vida. Es mucho mejor desde que la comparto contigo.