
La corrupción es inherente a la vida. (que por su naturaleza está de tal manera unido a algo, que no se puede separar de ello.) Por ello, por su caducidad, van indisolublemente asociadas. La vida porque tiene una altísima probabilidad de corrupción y la muerte, porque no puede evitarla.
En este presente que nos toca vivir, advertimos y constatamos comportamientos corruptos como algo normal. Hablo del código fuente que define nuestro comportamiento: el software, no el hardware. Y, debido a esa condición, si me puedo aprovechar, lo hago… Sea para llevar a los pueblos a la guerra, desquiciados por líderes que ambicionan el poder sobre la vida pues, debido al mal de altura que padecen, creen que su guerra será la que cambie la historia: lo único que truncará su pestilente ansia será las vidas de sus conciudadanos, su derecho a vivir. Pero es que matar sin que salpique les pone cachondo. Hablo de todos los que ven la guerra como solución: Todos.
Y también de nuestros políticos, que se conforman con apestar menos que los de enfrente. Cuando la impudicia se ha adueñado de sus corazones y manejan razones que son más estados de ánimo que razonamientos. Cuando el bien del pueblo se supedita al propio: cuando Dios es el dinero, seas de derechas o de izquierdas; cuando tocas moqueta…
Cuando la justicia tiene ideología, cuando es ciega por definición…
Cuando asumir responsabilidades es percibido como debilidad…
Cuando mofarse del adversario es moneda de cambio…
Cuando abrir fosas comunes, fantasmas del pasado, es deporte para alentar el miedo…
Siento nauseas ante este presente que nos toca vivir.
Creo que el Evangelio es la solución. Pues ningún corrupto se mantendría en el poder si la gente honesta, honestamente vive. El cambio nace en la raíz. Y me niego a pensar que la corrupción, fruto y no causa, nace de la bondad de los pueblos.