Hoy tengo la retina empapada en cruces: de todos los colores y tamaños; con pañito cruzado y con atleta: también sin él. En la tele ha salido mucha gente hablando del “mucho sentimiento” que les produce ver a Cristo, su madre y a todos los guiris que flipan con la puesta en escena de la religiosidad popular española. Esa religiosidad que muchos están empeñados en circunscribir al plano de interés turístico, desproveyéndola de toda trascendencia. (lo del sentimiento, vaya)

Y, como giran los planetas alrededor del sol, mi mente me vuelve a traer a este punto: ese que me hace pensar en María, la mujer más valiente de la historia, al pie de la cruz; en los discípulos, más centrados en la digestión de la última cena que en otra cosa. Es lógico: en el monte de los Olivos les daba sueño por eso… Pero, lo que repetiré hasta la angustia, es que Jesús murió en la cruz por esa manía que tenía de ser consecuente con lo que había predicado y vivido.

Predicado y vivido. No el predicado del sujeto: él era el sujeto que predicaba con cada gesto, cada paso, cada milagro. Los milagros que no eran otra cosa que recordar a cada sanado que era digno, sí, digno de ser amado.

Y son muchas las veces que me he encontrado con gente que no comulga, el sacramento de nuestra fe, porque no se sienten dignos. Y, ¿qué mayor dignidad que recibir el perdón de quien es todo amor hecho pan y vino?

El milagro es la dignidad que aporta Jesús, su existencia, su Buena Noticia.

Por ello, vuelvo a recordar que, digan lo que digan, a Jesús lo mataron por ser coherente, que la cruz que tenemos en nuestra vida es fruto de la coherencia de nuestros valores con nuestros actos. Y que un dolor de espalda, el cáncer o un niño hiperactivo no son cruces: son circunstancias independientes de tu coherencia vital.

Hoy, sábado santo, se abre la tierra en canal para parir la buena, la nueva existencia del que dio su vida por cada uno de nosotros. ¿No lo notáis?