¿No te ha pasado alguna vez que necesitas hablar de algo y no encuentras con quién? No lo encuentras porque, o sabes que el posible interlocutor, no entiende lo que vas a formular o, simplemente, porque no hay nadie. Hay mucha gente que puede pensar como tú, pero cuando entras en enjundia, te encuentras que nos perdemos en los detalles. Los matices son más importantes que el hecho a debatir. Y te cansas tanto. Me canso tanto.

Me canso porque no quiero vivir en litigio permanente. Como no sé lo que es vivir en un estado de paz tras la batalla, prefiero vivir en constante lucha: la lucha siempre es una buena excusa para no vivir, para no darte cuenta.

Y hay una parte que dice que porqué hay que preguntarse tanto. Es mucho más fácil aceptar la realidad que vivo y tirar como pueda. Otros, que debo estar más formados para poder percibir la realidad más certeramente y, de ese modo, afrontar los desafíos más eficazmente. La cuestión es que no hay un solo instante en el que sienta remanso. Todo es galerna, ruido…

Y luego está el eterno zumbido del ego, pidiendo paso; esa tiña que emponzoña mis actos y me corrompe por dentro para que yo sea el protagonista de la película. Ya no son las ideas las que importan: son los actores. Hablarines y titiriteros vendiéndose como mesías, como detergente que lava mejor que ninguno que hayas probado antes… No soportan, no soportamos un repaso. Pero, muchas veces, el que grita más alto, el que maniobra mejor, aún no siendo el mejor candidato, se lleva el gato al agua y encarna de nuevo la máxima de “Divide y vencerás”.

Si el producto que yo vendo tiene como precio una sola vida humana, no merece la pena. Si lo que defiendo no puede prescindir de mi persona para su realización, es un engaño. Como decía la película, “Alcalde: todos somos contingentes. Sólo tú eres necesario”. Si la buena noticia, o nuestro trabajo, es más importante que la praxis de lo que se proclama, es un fraude.

Y estoy cansado. Cansado de estar cansado.